La falta de suministro de microchips ha provocado una verdadera crisis en la industria automovilística, ya de por sí afectada por los efectos de la crisis sanitaria de la covid-19. Los fabricantes se han visto obligados a parar, en varias ocasiones, sus plantas de producción ante la falta de los denominados semiconductores que incorporan todos los modelos que ensamblan; desde el utilitario más sencillo hasta el deportivo más completo en prestaciones.
La situación actual que nos encontramos es de concesionarios de coches con una amplia 'lista de espera', en algunos casos de más de siete meses. Concesionarios con un stock de segunda mano muy debilitado y en algunos casos sin vehículos.
En algunos concesionarios las pérdidas superan el 70%, en otros se llega al cien por cien, y en los menos afectados la caída en la venta oscila entre el 28% y el 33%. Los menos afectados son los concesionarios que tenían un mayor número de vehículos en campas. Por su parte, aquellos que dependen de la producción directa, simplemente se limitan a realizar pedidos con plazos de seis o siete de entrega prevista.
La falta de microchips, clave para la electrónica de los vehículos, se originó cuando las compañías automovilísticas rebajaron sus pedidos con motivo de la crisis sanitaria. Durante este tiempo, otros sectores de la industria tecnológica coparon los pedidos. Estamos hablando de fabricantes de consolas, móviles, ordenadores, tablets etc… Este junto a otros factores ha terminado provocando un cuello de botella que tiene a la industria desbordada.
El gran problema es que la producción de los microchips de última generación se encuentra en manos de apenas tres compañías en todo el mundo (TSMC, Samsung e Intel) concentradas en países asiáticos. La Unión Europea está explorando opciones para reducir la dependencia de ese mercado externo pero el coste económico y el tiempo necesario no permiten encontrar una solución a corto plazo para el problema.